lunes, 13 de agosto de 2012

MUERTO DE ASCO


Andrew volvió a comprobar el panel de control de la estación espacial GBSS donde persistía la amenaza, ya prevista, de colisión con alguno de los millones de pedruscos espaciales que constituyen la perseidas. Las perséidas!, esas que tanto le gustaba observar de pequeño en forma de estrellas fugaces. Ellas le indujeron su irrevocable vocación de astronauta y su amor por el espacio sideral.
La probabilidad de impacto sobre la GBSS era, según sus cálculos de una entre un trillón, muy muy baja, sí, pero no nula. El algoritmo inteligente programado por él mismo, actualizaba los resultados del cálculo cada milésima de segundo en función de la localización en cada instante de los  asteroides en un sistema de coordenadas esférico con deformación elipsoidal variable.
Estaba dando resultados caóticos, oscilando la probabilidad entre una trillonésima y una millonésima, pero cada vez con mayor oscilación.
Una corazonada le hizo olvidar el carácter objetivo de los resultados probabilísticos y dedujo que esa probabilidad podría subir de golpe e incluso llegar a probabilidad 100% impacto seguro. Sudaban sus manos y su frente, mientras miraba con disimulo a Boris y Cheng, sus dos compañeros ruso y chino con quienes compartía misión desde hacía once semanas.
No podía confesarles sus intenciones. Se puso el equipo de exploración exterior y preparó la cámara de presurización para que estuviera lista en caso de decidir salir. Sus compañeros no sospecharon nada por ser un protocolo de revisión periódico.
Volviendo al panel confirmó que las oscilaciones del exponente seguían danzando sin estabilizarse. La garganta se le resecó cuando intentó decir a Boris que iba a salir a revisar un panel fotovoltaico que estaba bajando de rendimiento.
Desoyó las órdenes de Cheng de no salir. No había ninguna programación de esa acción y las condiciones no eran óptimas por estar inmersos en el polvo espacial de las perseidas, restos de la cola del cometa 109P/Swift-Tuttle. La soberbia de Andrew nunca le permitió admitir la autoridad del joven astrónomo chino que lideraba la expedición.
Seis minutos después estaba flotando en el espacio, separándose lentamente de la estación, sujeto por el cable nodriza. Al alcanzar los doscientos cincuenta metros, quedó ya tenso mientras las órdenes de Cheng y gritos de Boris resonaban inútiles en la escafandra de Andrew.
Su intuición le hizo girar la cabeza para ver como en un flash un meteorito colisionaba con la GBSS y ésta estallaba en una luz intensa, blanca, estática, silenciosa. La GBSS dejó de existir ante un Andrew inmóvil que quedaba ciego al instante. No hubo onda expansiva. Simplemente quedó flotando en un silencio blanco de ceguera.
Retomó la conciencia y pensó que iba a morir. Lo haría de hambre y sed, solo, lentamente. Sería un sufrimiento insoportable, estúpido. Como envidió a Boris y Cheng!. Esa prórroga adicional que había obtenido tendría el premio de ser consciente de dónde y cómo iba a morir y no podría hacerlo contemplado la tierra desde allí, esa imagen que ni siquiera podría reconstruir en su imaginación inundada de blanco extremo.
Ahora se dio cuenta de que en el momento de la explosión sus esfínteres se habían rebelado y las heces comenzaban a inundar el espacio intersticial bajo el equipo de vacío. Los vapores saturaban ya su escafandra. Metano. No podría ni siquiera hacerlo estallar. El metano ya reemplazaba al nitrógeno, y el olor le provocó una arcada que inundó de vómito flotante en metano el espacio ante su cara.
Andrew lo supo: no moriría de hambre ni de sed. Moriría de asco.

Le Chinuá, Agosto 2012

Foto: loincognito.com

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