Hace un calor del demonio, el sudor surca como un río que nace en mi cabeza y resbala por mi frente, luego por mi mejilla, cae sobre mi pecho y sigue mojando mi camiseta, empapada de sudor. Este ron con agua y cola, aun cuando tiene un considerable volumen de hielo, no mengua la sed ni calma el sopor de las cuatro de la tarde, este maldito calor que siempre hace en Cancún.
No se porque acepte este mugre trabajo, volé desde hace dos días de la ciudad de Tampico y desde que puse pie en tierra, no paré hasta que conseguí mi objetivo. El contrato estaba claro: buscar a Juan Valdez y entregarle el recado de sus ex socios. Ya cumplí con mi trabajo y pensé que me merecía un trago antes de empacar y dejar este infierno, ya me espera otra cita en Ciudad Zamora, donde espero el clima no este tan húmedo.
El pañuelo que uso para secarme el sudor ya está empapado también. No hay escape de este horno. Esto no es vida, pero paga bien mis lujos. Cuando decidí entrar en esta profesión, debí considerar el extenso número de viajes por toda la República, nomás no tengo descanso, y no puedo establecerme en un solo sitio, a veces tengo que salir por falta de trabajo, aunque algunas veces es por exceso.
Levanto la mirada hacia el techo, el único ventilador en el cuarto de este hotelucho cerca de la colonia Donceles. Es bastante callado y barato, además que no hay muchos huéspedes cerca, así que no se enteran de cuando salgo y lo que hago. El recepcionista es un anciano que se pasa el día viendo televisión y jamás presta atención a uno. Hay que gritarle en su cara para que pueda escuchar algo de lo que se le dice. El ventilador gira con un movimiento rotatorio que hipnotiza.
Y me pongo a recordar a Clara, mi preciosa Clara. ¿Que estará haciendo ahora? Si tus papás hubieran aceptado nuestro amor…quizá no estaría aquí. La última vez que la vi, se tuvo que escapar de su casa para poder verme en el parque cercano a la Comandancia, en La Paz. Hace más de diez años…y aun sigues en mi pensamiento. No quiero saber de ti, de lo que ha sido tu vida. Me dolería saber que estas casada con otro y que ya tienes hijos, que el tiempo ya ha dejado su huella en tu rostro.
Prefiero recordarte así de pura, fantasmal. Recuerdo tu rostro lleno de lágrimas cuando me dijiste que no podríamos seguir viéndonos porque tu padre mandaría a alguno de sus sicarios a despacharme. Yo te dije que prefería estar muerto que sin ti, y tú me contestaste que me querías vivo, que querías que fuera feliz y que no pudieras vivir más si tu papá me mataba. Por eso acepte no verte nunca más, por eso decidí seguir la senda de este camino que me ha traído hasta esta ciudad en el Caribe.
Ya ni me acuerdo como me llamo, desde que deje la Policía y me hice guardia personal de el Jefe del Cartel de Tijuana, todos me conocen como Lico. Mi familia se ha olvidado de mí, tengo un hermano y una hermana que deje de ver desde que deje La Paz. A veces paso por la casa de ambos y me quedo observándolos. He tenido que cambiar de apariencia tantas veces que estoy seguro ni me reconocen. Hace un par de años me encontré de frente con mi hermano Raúl, paso de largo. Jamás supe si me reconoció, o mejor me evito por la vergüenza de saber que su hermano es un asesino a sueldo de un Cartel.
Mis padres murieron hace mucho tiempo, cuando apenas tenia 17 años. Me enrolé en la policía municipal y luego de varios años de trabajar ahí, me promovieron a agente de la Judicial Estatal. Un día se me acerco un tipo tosco ofreciéndome un buen empleo en su compañía de seguridad privada. Acepte más por la paga que por cualquier otra cosa y la oportunidad de viajar por el país. Ahora lo conozco de cabo a rabo, ida y vuelta, dos veces. Después me contrataron para guardia personal del jefe del Cartel de Tijuana, poco a poco me fueron asignando otros trabajos que nada tenían que ver con seguridad.
Me hice bueno en este trabajo porque los demás se dieron cuenta que era un asesino nato. Y es que no siento remordimientos cuando aprieto el gatillo para volarle la cabeza a alguien. Tampoco me afecta el dolor que pueda sentir alguno de los cristianos que torturamos o ejecutamos por órdenes del jefe. Ya me hice independiente y ahora trabajo por contratos, que pagan más que ser asalariado.
Y bueno, alguien golpea la puerta y me saca de estos pensamientos y recuerdos. De vuelta a la realidad y a terminar este trabajo. Juan Valdez está en la cajuela del auto que rente para este contrato y ya requiere atención porque con este calor, el cuerpo se descompondrá más rápidamente y no quiero curiosos alrededor haciendo preguntas y llamando a la policía.
Abro la puerta y es el diligenciero de la casa de materiales donde encargue dos bolsas de cemento y algunas varillas de acero, y un par de sacos de arena. Junto con Juan y todos los materiales, me voy para la carretera a Mérida, por la libre, y en un camino que ya he explorado previamente, me desvió para dirigirme en un paraje donde ya se encuentra el tambor con agua que será la última morada de Juan.