El
vapor seguía, como siempre, emanando de la alcantarilla, difuminando las
siluetas de los habitantes del callejón que apenas recibían el tenue calor del
bidón humeante que rodeaban. Humo y vapor se fundían en esa niebla que hacía de
sus noches un mágico escenario que debía observarse con los ojos entreabiertos.
Así realidad e imaginación urdían juntas, cómplices, el hechizo que todas las
noches llevaba a Miriam a su otro mundo.
Ni su
estómago vacío ni su garganta reseca, apenas aliviada por ese escaso trago de
bourbon compartido, impedirían que asistiera al banquete en el palacio del sultán
al que noche tras noche era invitada. Apenas unos metros tras la neblina
mágica le esperaba, enamorado, el príncipe Khalil. Dulces de almendra y miel,
jugos de las más sabrosas frutas del huerto real, manjares sin fin se le
ofrecerían; la música de los laúdes y el aire tibio de la noche del desierto
decorarían ese encuentro mágico con su amado. Estaba ahí delante, a unos
metros, tras la neblina.
Solo
había que levantarse con su alfombra mágica de cartón, la que la separaba del
suelo grasiento, y volar a palacio.
Ahora
mismo lo haría, sí, hoy se levantaría. No lo dejaría pasar como ayer, como
anteayer, como tantas veces, como siempre.
El
palpitar de sus sienes y el quemazón de sus venas no lo iban a impedir de
nuevo.
Oyó los
cánticos y los arpegios, las risas alegres de las otras princesitas, la risa
rotunda pero tranquilizadora de su padre, el rumor de la fiesta. Solo a ella
esperaban ya para comenzar el banquete.
Cerró
los ojos y apretando con rabia sus manos contra sus oídos, sobrepuso risas y acordes a cláxones y motores, allí detrás, detrás
de la nube.
El frío
de la madrugada la despertó, un gato lisiado de una pata la observaba
inmóvil. El rugido de su estómago acompañaba el temblor de su cuerpo casi
congelado. Bajo los cartones adivinaba los cuerpos de sus compañeros de bidón, un bidón que horas
atrás dejó de humear para dejar de alimentar la nube mágica que la debió llevar
de regreso al palacio de los Reyes pero también de sus sueños.
Cerró
los ojos de nuevo y oyó la voz cálida de su padre llamarla de nuevo. Movida por el hambre, trató mentalmente de seguirla, de regresar al convite y palpó
a ciegas alrededor de su casa de cartón buscando ese pastel de dátiles o ese
faisán a la naranja. Sus dedos encontraron la
jeringuilla, nada más.
