domingo, 5 de octubre de 2014

Princesa



El vapor seguía, como siempre, emanando de la alcantarilla, difuminando las siluetas de los habitantes del callejón que apenas recibían el tenue calor del bidón humeante que rodeaban. Humo y vapor se fundían en esa niebla que hacía de sus noches un mágico escenario que debía observarse con los ojos entreabiertos. Así realidad e imaginación urdían juntas, cómplices, el hechizo que todas las noches llevaba a Miriam a su otro mundo.
Ni su estómago vacío ni su garganta reseca, apenas aliviada por ese escaso trago de bourbon compartido, impedirían que asistiera al banquete en el palacio del sultán al que noche tras noche era invitada. Apenas unos metros tras la neblina mágica le esperaba, enamorado, el príncipe Khalil. Dulces de almendra y miel, jugos de las más sabrosas frutas del huerto real, manjares sin fin se le ofrecerían; la música de los laúdes y el aire tibio de la noche del desierto decorarían ese encuentro mágico con su amado. Estaba ahí delante, a unos metros, tras la neblina.
Solo había que levantarse con su alfombra mágica de cartón, la que la separaba del suelo grasiento, y volar a palacio.
Ahora mismo lo haría, sí, hoy se levantaría. No lo dejaría pasar como ayer, como anteayer, como tantas veces, como siempre.
El palpitar de sus sienes y el quemazón de sus venas no lo iban a impedir de nuevo.
Oyó los cánticos y los arpegios, las risas alegres de las otras princesitas, la risa rotunda pero tranquilizadora de su padre, el rumor de la fiesta. Solo a ella esperaban ya para comenzar el banquete.
Cerró los ojos y apretando con rabia sus manos contra sus oídos, sobrepuso risas y acordes a cláxones y motores, allí detrás, detrás de la nube.
El frío de la madrugada la despertó, un gato lisiado de una pata la observaba inmóvil. El rugido de su estómago acompañaba el temblor de su cuerpo casi congelado. Bajo los cartones adivinaba los cuerpos de sus compañeros de bidón, un bidón que horas atrás dejó de humear para dejar de alimentar la nube mágica que la debió llevar de regreso al palacio de los Reyes pero también de sus sueños.
Cerró los ojos de nuevo y oyó la voz cálida de su padre llamarla de nuevo. Movida por el hambre, trató mentalmente de seguirla, de regresar al convite y palpó a ciegas alrededor de su casa de cartón buscando ese pastel de dátiles o ese faisán a la naranja. Sus dedos encontraron la jeringuilla, nada más.

lunes, 15 de septiembre de 2014

Un cuento, una vida

Vi una luz en la apertura que se ofrecía ante mí. Tímidamente me asomé al frío del exterior que me disuadía de la idea de salir de mi cueva. Iba a nacer aunque no lo sabía, aún. Sentía que se me empujaba y no podía evitarlo. A la vez algo, como mi destino, me estiraba desde afuera, llamándome. Llevaba creciendo una temporada en el seno de lo que hasta entonces era mi única casa, a donde tiempo atrás penetré, no sé si gota a gota o en una tormenta desatada. Sabía que estaba con Mamá, en Mamá, pero también necesitaba salir, ser yo, aunque me sintiera parte de ella. 

Como una gran sábana blanca y húmeda rodeaba esa salida misteriosa para mí. Sentí ese empuje, esa llamada, ese destino y salí. 

Sí, salí y lloré. 

Lloré cayendo entre abrazos rugosos, golpes, abrazado entre duros dedos de piedra. No era la plácida ternura del abrazo de mamá allá adentro. ¿O sí? 
 
Me sentía tan débil, tan vulnerable, pero vivo. No conocía el aire, y lo encontré gélido, inhóspito. Iba a ser mi vecino el resto de mis días. Aunque tampoco lo sabía entonces. Nunca me separaría de él.

Bebí de la sábana blanca, qué se yo?, y crecí. Poco apoco dejé de llorar mientras me hacía más fuerte, más grande, aunque todavía inocente y atrevido. 

Había crecido entre muros de piedra, arropado, protegido pero llegó el momento de salir al mundo. Dos veces, que yo recuerde, caí un buen porrazo, desde lo alto, con gran alboroto. No sé si se reían de mí, pero a la gente le gustaba verme caer. Mis lágrimas saltaban con fuerza tras mis caídas, pero les gustaba. Yo no les prestaba atención. 

Entonces, mi vida dio un giro, lento pero decidido. Fueron momentos de calma, pero de duda, buscando mi destino. Dí otro giro, cambié de opinión. Y otro. Y otro más. Buscaba sin saber qué ni dónde quería que me llevara la vida de la que ya era consciente. Sentí la pausa y recobré la calma. Ya había abandonado mi primer hogar, entre aquellos muros que me asustaban pero donde me sentía protegido. Mis horizontes se agrandaban. Casi elegía yo mi propio camino. Pero solo casi. 

Entendí que la vida tenía solo un sentido: hacia adelante. No podía ir hacia atrás. no volvería a ser ese pequeño y debilucho saltarín de mi niñez. Ya no saltaría. Avanzaría pesado y lento. Engordando, contaminándome de la influencia del entorno en donde me movía. Solo había un dirección y el recuerdo de aquellos fríos abrazos eran cálidos en mi recuerdo. 

Ahora me daba cuenta que ya no era tan vulnerable, me sentía fuerte, grande e incluso me pareció a veces ser temido. Pero también amenazado. 

A mitad de mi vida conocí a quien sería mi pareja. Jugueteamos juntos, cerca uno del otro, deseando tocarnos. Nos acercábamos para alejarnos de nuevo, flirteando entonces para finalmente fundirnos en uno y recorrer ya juntos el resto de nuestra vida.

Perdimos la frescura, nos arrastramos en el fango, nos hicimos lentos y deseamos llegar al final, inseparables. Ningún muro a la vista nos confinaba, solo nuestra inercia. Vimos el horizonte, azul. Era el mar