lunes, 15 de septiembre de 2014

Un cuento, una vida

Vi una luz en la apertura que se ofrecía ante mí. Tímidamente me asomé al frío del exterior que me disuadía de la idea de salir de mi cueva. Iba a nacer aunque no lo sabía, aún. Sentía que se me empujaba y no podía evitarlo. A la vez algo, como mi destino, me estiraba desde afuera, llamándome. Llevaba creciendo una temporada en el seno de lo que hasta entonces era mi única casa, a donde tiempo atrás penetré, no sé si gota a gota o en una tormenta desatada. Sabía que estaba con Mamá, en Mamá, pero también necesitaba salir, ser yo, aunque me sintiera parte de ella. 

Como una gran sábana blanca y húmeda rodeaba esa salida misteriosa para mí. Sentí ese empuje, esa llamada, ese destino y salí. 

Sí, salí y lloré. 

Lloré cayendo entre abrazos rugosos, golpes, abrazado entre duros dedos de piedra. No era la plácida ternura del abrazo de mamá allá adentro. ¿O sí? 
 
Me sentía tan débil, tan vulnerable, pero vivo. No conocía el aire, y lo encontré gélido, inhóspito. Iba a ser mi vecino el resto de mis días. Aunque tampoco lo sabía entonces. Nunca me separaría de él.

Bebí de la sábana blanca, qué se yo?, y crecí. Poco apoco dejé de llorar mientras me hacía más fuerte, más grande, aunque todavía inocente y atrevido. 

Había crecido entre muros de piedra, arropado, protegido pero llegó el momento de salir al mundo. Dos veces, que yo recuerde, caí un buen porrazo, desde lo alto, con gran alboroto. No sé si se reían de mí, pero a la gente le gustaba verme caer. Mis lágrimas saltaban con fuerza tras mis caídas, pero les gustaba. Yo no les prestaba atención. 

Entonces, mi vida dio un giro, lento pero decidido. Fueron momentos de calma, pero de duda, buscando mi destino. Dí otro giro, cambié de opinión. Y otro. Y otro más. Buscaba sin saber qué ni dónde quería que me llevara la vida de la que ya era consciente. Sentí la pausa y recobré la calma. Ya había abandonado mi primer hogar, entre aquellos muros que me asustaban pero donde me sentía protegido. Mis horizontes se agrandaban. Casi elegía yo mi propio camino. Pero solo casi. 

Entendí que la vida tenía solo un sentido: hacia adelante. No podía ir hacia atrás. no volvería a ser ese pequeño y debilucho saltarín de mi niñez. Ya no saltaría. Avanzaría pesado y lento. Engordando, contaminándome de la influencia del entorno en donde me movía. Solo había un dirección y el recuerdo de aquellos fríos abrazos eran cálidos en mi recuerdo. 

Ahora me daba cuenta que ya no era tan vulnerable, me sentía fuerte, grande e incluso me pareció a veces ser temido. Pero también amenazado. 

A mitad de mi vida conocí a quien sería mi pareja. Jugueteamos juntos, cerca uno del otro, deseando tocarnos. Nos acercábamos para alejarnos de nuevo, flirteando entonces para finalmente fundirnos en uno y recorrer ya juntos el resto de nuestra vida.

Perdimos la frescura, nos arrastramos en el fango, nos hicimos lentos y deseamos llegar al final, inseparables. Ningún muro a la vista nos confinaba, solo nuestra inercia. Vimos el horizonte, azul. Era el mar