domingo, 30 de septiembre de 2012

Las perlas de Rahim



(nota del autor: la idea de este cuento está inspirada en un párrafo de la novela de Khaled Hossein, Cometas en el cielo)

Los pasos de Rahim le habían conducido casi hasta las puertas de Kandahar, cuyas primeras luces se encendían al atardecer y reverberaban tras la silueta de la última colina pedregosa que ya iba a coronar.
 
Nunca en sus 15 años de edad había recorrido esos apenas treinta kilómetros que separaba su pequeño pueblo de la capital del mundo, como él imaginaba la ciudad. Iba a ser feliz, por fin, lejos de la pobreza de su familia. No le importó la imagen que en su retina ya se difuminaba de su madre llorando tras la cortina que hacía las veces de puerta de su humilde casa en Panjwai. Lo vio partir sin esperar ni siquiera el regreso de su padre.
 
Bajo la chilaba su mano izquierda se cercioró de que su taza seguía ahí, mientras su derecha permanecía apretada y sudorosa aprisionando las cinco perlas que eran su futuro, su tesoro, su felicidad prometida. Atrás quedarían Hassan y Ahmed, sus infelices amigos con quienes apenas podía compartir tontos juegos de carreras y pedradas, charlas llenas de ilusiones nunca alcanzadas y risas injustificadas. Se olvidaría de las miradas robadas y tantas veces repetidas a las pocas muchachas del entorno, el trabajo duro y el dolor en las manos agrietas por el frío por las mañanas y las noches infinitas junto a su hermano Abdel viendo crepitar los rescoldos de la chimenea.
 
No volvería a reír con Ahmed de las mismas tonterías de siempre, repetidas desde su niñez más tierna, no soportaría ya los sermones de su intolerante padre o la cantinela inacabable de su madre empeñada en hacerlo un hombre de bien. Ya no iba a perseguir un destello en la mirada de Zaida, la niña que siempre le robaba el sueño. Ahora tendría mujeres bellas, sensuales y desinhibidas a su disposición.
 
***
Regresaba de encerrar el ridículo rebaño de cinco cabras en el cobertizo cuando cayó de su asno y encontró la taza bajo la arena del recodo del barranco. Lloró de dolor; creyó haberse roto el pie. Al enjugar las lágrimas con el dorso de la muñeca, una cayó en el interior de la tazita que mantenía colgando de su pulgar y su mirada nublada por el llanto se aclaró para encontrar una perla plateada danzando alegre en su fondo blanco.
 
No fue hasta varios días después, creyendo que la perla había estado dentro de la pequeña vasija en el momento de encontrarla, en que el Mullah le ayudó a leer una muy tenue escritura en el fondo que decía: “una lágrima, una perla”. Solo entonces Rahim comprendió la magia de esa sencilla taza que trocó su lágrima en perla. Alá había querido hacerlo rico, feliz, sacarlo de su aldea olvidada.
 
***
Apenas alcanzó la cumbrera del cerro que todavía había ocultado la ciudad a sus ojos, una sombra lo sorprendió antes incluso de haber podido disfrutar de la vista de la muralla de su Kandahar soñada. El golpe, apenas amortiguado por el turbante, aún retumbaba en su cabeza al recuperar el conocimiento. Su mano vacía lo sobresaltó. Notó entonces el dolor en sus nudillos y su hinchazón. Su caja fuerte había sido vaciada a la fuerza y despojada de su tesoro, sus esperanzas desvanecidas, su sueño interrumpido por el gallo del amanecer, su futuro segado súbitamente y desolado cayó de bruces sobre el pedregal. Miró la ciudad, Kandahar inalcanzable, pobre de nuevo, y lloró desconsolado.
 
Aun convulsionándose por el llanto de su decepción y su rabia, comprendió que no estaba todo perdido e intentó recuperar la humedad de su mejilla y con su dedo mojó apenas el fondo de su cáliz mágico.
 
Rahim miraba con fuerza el fondo, apretando los dientes, urgiendo al mago que yacía en algún rincón invisible del cuenco cuando súbitamente se formó una diminuta perla. Quiso verla crecer, esperó ansioso, hasta comprender que apenas había vertido la humedad de la yema de su dedo.
 
Necesitaba llorar, pero la ilusión que ya había recuperado se lo impedía. El dolor de su cabeza y de sus nudillos no eran suficientes para vencer su renovada esperanza. Su sonrisa se convertía en su propio enemigo. Aún así tenía algo para empezar, algún mercader le daría por su perlita lo suficiente para empezar su nueva vida.
 
Comenzó a bajar la colina, atardecía, y la luz tornaba rojiza la muralla que le recibía mientras a su espalda dejaba sus huellas, decididas y seguras de su destino. Mientras descendía recordó a su madre llorosa, quizás no la volvería a ver. Imaginó a su padre recriminándole no haberlo retenido, incluso golpeándola, como a menudo él había presenciado desde niño. Ahora él iba a ser el culpable de su dolor. Compungido notó como sus lágrimas querían aflorar a sus ojos cansados. Deseó llorar, deseó sus lágrimas para verterlas a su mágico recipiente, para recuperar su tesoro y se recreó en esas palizas que había tantas veces presenciado. Sus lágrimas afloraron con facilidad y ahora sí, no las dejó escapar. Volvía a ser rico, su vida tomaba color pese a la penumbra que ya empezaba a tintar la puerta de entrada en la Kandahar de sus desvelos. Las nuevas perlas inundaron de felicidad su rostro y corrió alegre tras interrumpir su llanto convertido en gozo.
 
***
Rahim, el potentado de la citadela, el más apuesto y poderoso comerciante, el amigo del visir, recibía en el jardín de su lujoso cármen, jóvenes ansiosas de su tiempo y sus regalos, de las perlas con que pagaba sus noches cálidas de sensualidad y pasión.
 
Los más influyentes nobles de la ciudad y los más ricos mercaderes visitaban a Rahim a compartir el té con dulces de almendra que presidía sus tertulias vespertinas. El lujo adornaba la vida de Rahim, y los recuerdos casi difuminados de su hermano Abdel, de Zaida y Ahmed, de sus padres, de su sufrimiento y olvido, le hacían llorar cada noche reponiendo su tesoro inacabable de perlas mágicas, alimentando su vida de lujo sin límites y de felicidad forjada en un poder de cuya existencia nunca pudo imaginar.
 
Sus recuerdos se difuminaban cada vez más, y su indiferencia ante la miseria de sus compañeros de pasado a veces le dificultaba producir suficientes perlas para alimentar sus crecientes necesidades y compromisos. Recurría entonces a su madre, recreando su dolor, las palizas, su mirada resignada al oír los pasos de su esposo regresar tras otro día de trabajo duro, tan poco recompensado. No obstante, incluso la imagen de su madre arrancaba con dificultad las lágrimas necesarias y Rahim comenzó a odiarla por su falta de eficacia.
 
El dolor ajeno ya no producía suficiente pena en él para reponer la fortuna que se dilapidaba día a día entre sus nuevos amigos. Se sentía amado y venerado y no podía consentir que intuyeran su falta de riquezas.
 
Fue entonces cuando comenzó a infringirse dolor a sí mismo, flagelándose en la noche, obteniendo con sufrimiento unas cuantas perlas con que pagar el amor de sus hembras y la adulación de sus adictos.
 
Cada vez necesitaba más perlas y cada vez más dolor invertía en su cosecha. Se negaba a replantear su vida. Sus riquezas no habían permitido consolidarse como un hombre poderoso y mucho menos feliz. No obtenía más ingresos que sus perlas. Negocio alguno había sabido organizar, ninguna mercancía con que comerciar, ..
 
La indiferencia ante el dolor ajeno, real o imaginado, había puesto un alto precio a su ambición de lujos y reconocimientos, unos dolores propios que ya no podía soportar. No podía seguir sosteniendo su nivel de vida, alimentando su falsa felicidad.
 
Al repasar su vida se avergonzó. No solo había abandonado a quienes realmente le habían querido sino que se había regodeado en su dolor y sus desdichas para enriquecerse con su llanto. Ahora el llanto era seco, de vergüenza y sintió asco de sí mismo.
 
Conforme sus regalos se espaciaban en el tiempo, su lujuria dejó de tener actrices protagonistas, sus tertulias asistentes, sus ocurrencias aplausos. Quedó solo, tras los muros de su palacete que parecía abandonado. Sus hasta entonces habituales compadres pasaban de largo, sus hermosas artistas del placer encontraron otros mecenas de su arte.
 
***
Amaneció tras una noche de insomnio. Rahim tomó sus cosas y cruzó desapercibido la puerta de poniente de Kandahar.
 
Caminó cabizbajo, en un mar de dudas, sin destino claro, si bien había tomado la dirección de su casa, de su amado y traicionado Panjwai.
 
Un hatillo al hombro fue suficiente para las pocas cosas que todavía poseía; entre ellas su taza, ya inútil ante su seca pasión.
 
Al pasar junto a un pequeño grupo de mercaderes que conducían sus camellos cargados hacia la vecina Persia y que pasarían cerca de su aldea natal dudó si pedir su compañía y protección. No tenía qué ofrecer, pero tampoco nada que temer y pasó de largo. ¿Qué iban a robarle esta vez los asaltadores de caminos?. Casi prefería terminar sus días sin enfrentarse al encuentro de su madre, sus amigos, de la misma Zaida.
 
Cobijado a la sombra de unos riscos esperó que pasaran las horas de calor, de sol inmisericorde, para retomar el camino de piedra que escalaba el risco desde donde la visión de Kandahar había sido interrumpida por el asalto de los bandidos, el primer día de su segunda vida, el del inicio de su felicidad.
 
Repasó mientras caminaba una y otra vez la ignominia de sus pensamientos, las desgracias imaginadas de su familia, de sus paisanos y amigos para alimentar su insaciable sed de lujo y placeres sensoriales.
 
¿Qué pensaría Ahmed y Hassan si pudieran descifrar sus recuerdos? Jamás podría confesarles su vida, al menos su interior, sus pensamientos, sus sentimientos. ¿Cómo podría mirar a la cara a su madre?.
 
Sus pasos autómatas le llevaban a casa, sin haberlo decidido sin saber cómo afrontar el reencuentro con sus seres entonces queridos, después vejados en sus fantasías, ahora temidos. La noche le alcanzó a pocas leguas del cerro que dominaba el valle. Desde su cumbre se vislumbraba en los días de calma desde las llanuras desérticas rojizas del sur a las montañas yermas de Farah al poniente.
 
La duermevela lo llevó durante toda la noche de su casa natal al palacete de su idolatrada Kandahar, que le dio la espalda como él se la dio a Panjwai, y de vuelta una y otra vez. Sin esperar al amanecer recogió su hatillo y a paso lento, dubitativo comenzó el descenso, el último tramo de su regreso, la representación de su fracaso y de su vergüenza.
 
Los primeros rayos del sol dibujaron la silueta de un pastor sobre el contraluz del cerro que lo separaba de la vaguada donde yacía su casa paterna. Fijó su vista, sus ojos resecos no distinguían el rostro, pero su corazón se aceleró porque sí que sabía el nombre del pastor.
 
Temblando y con el corazón acelerado fue recorriendo la distancia que le separaba de Ahmed, sin duda era él. También Ahmed pudo reconocer a Rahim, a pesar de la distancia. Ambos se acercaban como en un duelo, mientras Rahim ensayaba para sus adentros cómo enfrentar su vergüenza a la presencia de su amigo traicionado.
 
El contraluz solo dejaba apreciar su silueta. En el interior de la silueta oscura de Ahmed, comenzó a reconocer su blanca dentadura, su risa abierta, su saludo de franca felicidad ante el regreso de su amigo perdido. Al acercarse ya encontró en los ojos brillantes de su compañero de infancia la sinceridad de su recibimiento, la alegría de su reencuentro.
 
Rahim intentó balbucear algo pero no pudo, mientras un llanto de felicitad resurgió espontáneo de su corazón ajado. Las lágrimas inundaban su rostro conforme Ahmed se acercaba saltando del risco al camino y del camino al talud, buscando el atajo que lo separaba de su amigo de alma. Rahim apretó la taza bajo sus ropajes, sus llantos podían ahora darle la riqueza infinita, para comprar un reino.
 
Su mano fue aflojando el asa de esa taza mágica que había dominado su destino y mientras sus lágrimas inundaron sus mejillas y sus ropajes, la taza cayó, rodó por la pendiente hacia el wadi, el barranco que al fondo recorría entre gargantas su camino al valle.
 
Rahim no giró su mirada para seguir el movimiento de su cáliz mágico que se perdía entre los guijarros, sus lágrimas eran para Ahmed que lo alcanzó de un salto fundiéndose en un abrazo que no pedía explicaciones, solo su presencia.
 
 
Le Chinuá, Montevideo 2012.
 

lunes, 13 de agosto de 2012

MUERTO DE ASCO


Andrew volvió a comprobar el panel de control de la estación espacial GBSS donde persistía la amenaza, ya prevista, de colisión con alguno de los millones de pedruscos espaciales que constituyen la perseidas. Las perséidas!, esas que tanto le gustaba observar de pequeño en forma de estrellas fugaces. Ellas le indujeron su irrevocable vocación de astronauta y su amor por el espacio sideral.
La probabilidad de impacto sobre la GBSS era, según sus cálculos de una entre un trillón, muy muy baja, sí, pero no nula. El algoritmo inteligente programado por él mismo, actualizaba los resultados del cálculo cada milésima de segundo en función de la localización en cada instante de los  asteroides en un sistema de coordenadas esférico con deformación elipsoidal variable.
Estaba dando resultados caóticos, oscilando la probabilidad entre una trillonésima y una millonésima, pero cada vez con mayor oscilación.
Una corazonada le hizo olvidar el carácter objetivo de los resultados probabilísticos y dedujo que esa probabilidad podría subir de golpe e incluso llegar a probabilidad 100% impacto seguro. Sudaban sus manos y su frente, mientras miraba con disimulo a Boris y Cheng, sus dos compañeros ruso y chino con quienes compartía misión desde hacía once semanas.
No podía confesarles sus intenciones. Se puso el equipo de exploración exterior y preparó la cámara de presurización para que estuviera lista en caso de decidir salir. Sus compañeros no sospecharon nada por ser un protocolo de revisión periódico.
Volviendo al panel confirmó que las oscilaciones del exponente seguían danzando sin estabilizarse. La garganta se le resecó cuando intentó decir a Boris que iba a salir a revisar un panel fotovoltaico que estaba bajando de rendimiento.
Desoyó las órdenes de Cheng de no salir. No había ninguna programación de esa acción y las condiciones no eran óptimas por estar inmersos en el polvo espacial de las perseidas, restos de la cola del cometa 109P/Swift-Tuttle. La soberbia de Andrew nunca le permitió admitir la autoridad del joven astrónomo chino que lideraba la expedición.
Seis minutos después estaba flotando en el espacio, separándose lentamente de la estación, sujeto por el cable nodriza. Al alcanzar los doscientos cincuenta metros, quedó ya tenso mientras las órdenes de Cheng y gritos de Boris resonaban inútiles en la escafandra de Andrew.
Su intuición le hizo girar la cabeza para ver como en un flash un meteorito colisionaba con la GBSS y ésta estallaba en una luz intensa, blanca, estática, silenciosa. La GBSS dejó de existir ante un Andrew inmóvil que quedaba ciego al instante. No hubo onda expansiva. Simplemente quedó flotando en un silencio blanco de ceguera.
Retomó la conciencia y pensó que iba a morir. Lo haría de hambre y sed, solo, lentamente. Sería un sufrimiento insoportable, estúpido. Como envidió a Boris y Cheng!. Esa prórroga adicional que había obtenido tendría el premio de ser consciente de dónde y cómo iba a morir y no podría hacerlo contemplado la tierra desde allí, esa imagen que ni siquiera podría reconstruir en su imaginación inundada de blanco extremo.
Ahora se dio cuenta de que en el momento de la explosión sus esfínteres se habían rebelado y las heces comenzaban a inundar el espacio intersticial bajo el equipo de vacío. Los vapores saturaban ya su escafandra. Metano. No podría ni siquiera hacerlo estallar. El metano ya reemplazaba al nitrógeno, y el olor le provocó una arcada que inundó de vómito flotante en metano el espacio ante su cara.
Andrew lo supo: no moriría de hambre ni de sed. Moriría de asco.

Le Chinuá, Agosto 2012

Foto: loincognito.com